Por Guillermo Cides
Hubo un tiempo en que la emoción de unos acordes creados con nuestras propias manos nos sorprendía en la soledad de nuestro cuarto. Como un primitivo que encontraba en sus manos pintadas de tizne un elemento valioso para pintar la roca, nosotros descubríamos el fuego en melodías que tenían algo único: nacían de nosotros mismos.
Era un tiempo en que se hablaban de musas, de inspiración, de “tener duende”. Era -ante todo- un soplo de autoestima mística. De considerarnos a nosotros mismos como posibles, como habilitados a crear con el barro aquello que imaginábamos. Y entonces organizamos las melodías, le dimos forma y concepto, decidimos que todas esas pinturas en las cuevas iban a significar algo. Lo hacíamos para la posteridad, para ayudar a los que venían, para dejar flotando en el universo la marca indeleble de nuestra existencia.
Pero algo comenzó a ocurrir. Aparecieron supuestos dueños de montañas, dueños de tierras y dueños de cuevas. Personas con nombres de empresas que decidían que sonidos iban a quedar y cuales no. El mundo discográfico se transformó en señores sentados en sillones hechos con piel de músico. Y algunos músicos competían para dar su piel a cambio de lo de siempre. Y aquellos que se negaron tuvieron que refugiarse en cuevas ocultas, hacían música desde el interior de la montaña y repartían flyers en blanco y negro para conciertos escondidos, prohibidos. Y mientras el gigante discográfico crecía, por dentro de la montaña se gestaba la revolución: Internet. Y la guerra fue mítica. Cientos de empresarios cayeron viendo como el control pasaba a manos de los insurrectos y cómo éstos habían desarrollado armas de tecnología avanzada P2P. Y el imperio de la música colapsó, un derrumbe monumental que dejó los conciertos en vivo como la única manera de crear ingresos.
Vinieron años prósperos de compartir y escuchar la música oculta ahora pública, ahora disponible para todos. Músicos cancelados que ahora aparecían por doquier con canciones nuevas, reales. Pero el monstruo no había muerto. Paciente, oculto y recuperándose de sus heridas fue creando nuevos sistemas de control, nuevas plataformas que invitaban con promesas a pasarse de bando bajo la excusa de “ser vistos”, de “pertenecer”. Y los músicos le creyeron y abandonaron sus filas y aceptaron las reglas del nuevo algoritmo. Y utilizaron la tecnología del monstruo para hacer canciones automáticas con un solo objetivo: hacer crecer al imperio y darle mas poder, mas dinero. Y los medios de difusión se unieron al imperio y el reino funcionaba con números de todo tipo: clicks, seguidores, exposición, porcentajes: toda una ciudad mecánica iluminada por una luz artificial amarilla. Componer ya no se trataba de un acto individual mágico ni de una trascendencia. Ahora el objetivo era militar: conquistar de manera rápida y eficiente la atención de un mercado fugaz basado en exposición momentánea y cuyo beneficiarios eran las viejas mismas empresas de antes de la revolución. Y a pesar de que los músicos fueron advertidos, el monstruo dejó de necesitarlos: ya tiene sus propios músicos en forma de maquinas digitalmente programadas para emular cada rasgo posible de un compositor. Ahora el imperio los ha traicionado aunque ellos aún no lo saben. O sí, y tratando aún de pertenecer se aferran con desesperación a los cables de la máquina, la misma máquina que cortará los tubos que los alimenta cuando ya no los necesite.
Mientras tanto en lo profundo de la montaña, una sorda melodía se escucha débil. Parece ser la voz de alguien que ha creado una canción. Son los hijos de los insurrectos que se preparan para una nueva revolución. Pasarán varios años antes que estén listos. Aún deben aprender. Pero como en cualquier saga, ese día llegará y el poder de “los humanos verdaderos” saldrá a la luz con una poderosa y nueva arma que nadie aún imagina: la del arte perdido.
G.C.
















